¿Era la mayoría que resultaba
beneficiada, o, por el contrario, sólo una minoría privilegiada resultaba
favorecido por un sistema de instrucción pública pretendidamente situado a la
altura de los métodos de educación de los países más adelantados de la América
española?
Dentro de las fortalezas del sistema
de instrucción pública en tiempos de Trujillo cabe mencionarse el orden y la
disciplina que primaba en todas las escuelas públicas; el sentido de
responsabilidad de los maestros y, en correspondencia con ese atributo, el
respeto que los alumnos les guardaban.
En tiempos de la dictadura, las
clases se abrían el 15 de septiembre para los alumnos de escuelas primarias e
intermedias; y el 2 de octubre para las escuelas secundarias y vocacionales.
Para todos, las vacaciones navideñas se iniciaban los 23 de diciembre (Día del
Niño) y finalizaban 6 de enero (día de los Santos Reyes) Las vacaciones de verano
se iniciaban para todos el 30 de junio (Día del Maestro)
Sólo una vez en treinta años de
dictadura la apertura del año escolar se pospuso. Ello ocurrió en 1946 debido a
una epidemia de piojos. En ese año, las clases se iniciaron a mediados de
octubre en vez de septiembre.
En tiempos de Trujillo, la bandera
dominicana era izada en todas las escuelas del país a las ocho horas de la
mañana. A esa hora, los estudiantes en correcta formación entonaban las notas
gloriosas de nuestro Himno Nacional.
Los horarios de clase se agotaban tal
y como previamente estaban programados ¿ Huelga de maestros en tiempos de
Trujillo? Jamás
Las labores de asesoría general;
inspección técnica; atención especial a las escuelas rurales; organización del
ropero y desayuno escolar; y asistencia médica escolar y otras labores se
llevaban a cabo con esmero y prontitud.
Las escuelas públicas en tiempos de
Trujillo eran supervisadas periódicamente de manera tal que un director de
distrito estaba enterado día a día de lo que se hacía o dejaba de hacerse en
cada una de las escuelas de su demarcación.
En un grado mayor que el de hoy, la
escuela dominicana en tiempos de Trujillo era mayoritariamente pública. Eran
pocos los colegios privados que entonces existían. En la ciudad capital funcionaban,
entre otros, los colegios Dominicano de la Salle, Luis Muñoz Rivera; Santo
Tomás; Colegio Santa Teresita; Colegio La Milagrosa; y el Colegio Don Bosco; en
Santiago de los Caballeros, la Academia de Santiago; Nuestra Señora del Carmen;
Instituto Evangélico; Academia Santa Ana y el Colegio del Corazón de Jesús; en
San Pedro de Macorís, el Colegio Trinidad Sánchez y la Academia Antillana
Hostos.
Todos esos planteles escolares de
carácter privado tenían de común que su matrícula no era grande: 200, 300 ó 400
alumnos a lo sumo en cada uno de ellos; y que la calidad de la enseñanza que se
ofrecían en esos colegios no era superior a la de las escuelas públicas.
Al inicio de la llamada Era de
Trujillo, hablamos de agosto de 1930, el país apenas disponía de 526 escuelas:
400 de ellas eran escuelas primarias rurales; 68 escuelas primarias graduadas;
52 escuelas secundarias, comerciales o de oficios; 6 escuelas especiales para
adultos analfabetos; y una universidad, la Universidad de Santo Domingo.
La población escolar del país
ascendía entonces a 50 mil 739 alumnos distribuidos así: 20 mil en escuelas
primarias rudimentarias; 15 mil, 754 en escuelas primarias graduadas; mil 358
en escuelas secundarias y normalistas; 1310 en las escuelas especiales de
adultos analfabetos; y 379 en la Universidad de Santo Domingo.
Echémosle una mirada a esas cifras,
tomando en cuenta que la República Dominicana tenía entonces alrededor 1 millón
250 mil habitantes.
Cuando Trujillo llegó al poder en
1930, apenas un 4% de los dominicanos asistía a la escuela, es decir, la
cobertura era bajísima. El analfabetismo en la población de adultos llegaba al
90% y apenas existían en todo el país seis escuelas para adultos iletrados. 400
escuelas rurales no eran suficientes para atender a los niños de los campos que
en número eran mucho más que los que vivían en las ciudades. El país tenía más
generales que maestros. ¿Y qué decir de la vieja Universidad de Santo Domingo
con apenas 358 estudiantes? Que era un reducto de privilegiados; que era una institución
que preservaba los rasgos y los atributos de la Universidad Colonial; y que en
poco o en nada contribuía al desarrollo de la nación dominicana.
A la llegada de Trujillo al poder, el
sistema de instrucción pública de la República Dominicana se encontraba
bastante degradado; y a la luz de los datos ofrecidos, podríamos afirmar,
exagerando un poco la nota, que aquí no había escuelas.
En febrero de 1931, Trujillo nombró a
Max Henríquez Ureña como Superintendente General de Instrucción Pública.
En febrero de 1931, Max Henríquez
Ureña formuló un diagnóstico del estado en que se encontraba la instrucción
pública del país que sirvió de base a las transformaciones que vinieron
después. En ese importante documento titulado “Bases para la Reorganización de Nuestro
Sistema Educativo” se enfocaba los problemas más acuciantes que aquejaban la
escuela dominicana de esa época: planteles deteriorados; maestros sin títulos;
falta de materiales didácticos; falta de supervisión; planes de enseñanza ya
obsoletos; desorganización general y otros males por el estilo.
Como fiel seguidor de las ideas
hostosianas, Maz Henríquez Ureña desde su llegada al cargo comenzó a observar
con cierta preocupación el estado de desorganización imperante en las pocas
escuelas de formación docente que entonces existían.
Max Henríquez Ureña duró apenas unos
meses en el cargo; fue sustituido por Osvaldo Báez Soler, quien a su vez fue
sustituido por Pedro Henríquez Ureña.
Pedro Henríquez Ureña disponía de un
reputado bagaje intelectual. Su obre literaria era conocida en toda América. Al
parecer, la escuela dominicana quedaba en muy buenas manos. Pero, el ambiente
de la dictadura no era su ambiente; tuvo que irse dejando inconclusa su obra de
reforma de la instrucción pública al año de haber llegado después de permanecer
casi dos décadas fuera del país.
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